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Resumen
Se
estima que los trastornos mentales constituyen una de las epidemias
del próximo siglo por el incremento de los factores adversos
tanto en los paises de baja renta como en el primer mundo. Al
tiempo, existe una gran incertidumbre sobre el futuro de la
sanidad y de la atención a la salud mental, sobre cuál será
el modelo de cuidados en las próximas décadas, tan amenazada
hoy la asistencia a los trastornos mentales por la crisis de
sus soportes financieros y por el debate entre práctica psiquiátrica
y práctica en salud mental: pragmatismo neuropsicofarmacológico
frente a una acogida integral y comunitaria del paciente. Tratamiento
del trastorno mental severo versus patologías menores. Desgana
o burnout de los profesionales como síntoma de una sociedad
opulenta. Necesidad de redefinir las prácticas, las profesiones
de la salud mental y su actuación conjunta. La complentaridad
de lo sociosanitario. Ética de los profesionales y el compromiso
ciudadano: necesidad de una nueva liga de higiene mental.
Hablar
de la salud mental del futuro, de ese inmediato próximo milenio,
nos lleva necesariamente a examinar la situación de la salud
mental hoy; nos obliga a referirnos a los múltiples factores,
biológicos, sociales, ambientales, psicológicos, que la determinan;
nos obliga a preguntarnos por nuestra sociedad, por su trabazón
social, por su conciencia cívica, por las formas de asumir las
relaciones sociales que tienen nuestros gobiernos, los políticos
que elegimos; por su forma de entender el cuidado; y a preguntarnos
sobre los modelos de atención, sobre la eficacia de nuestro
trabajo, de nuestros programas y técnicas, sobre la respuesta
que los profesionales de las diferentes disciplinas de la salud
mental estamos dando al malestar psicológico de las poblaciones,
sobre su eficacia y equidad y universalidad.
La
manera de afrontar la enfermedad, la invalidez y el cuidado
definen a las sociedades y determinan su futuro.
Pero
detengámonos un momento para resaltar la magnitud del problema,
para tomar conciencia, a través de unas pocas cifras epidemiológicas
de la magnitud de un problema que las autoridades sanitarias
internacionales estiman afecta a cerca de 1500 millones de personas
de las 5.800 millones de la población mundial.
Estamos
hablando de 400 millones de personas aquejados de trastornos
de ansiedad, de los 300 millones que sufren trastornos depresivos,
de 45 millones que padecen esquizofrenia; de los cientos de
millones de personas atrapados en el alcoholismo -se calcula
que las enfermedades relacionadas con el alcohol afectan del
5 % al 10% de la población mundial- o por las otras adicciones,
que implican una fuente principal de morbilidad y uno de los
mayores negocios criminales del mundo; o estamos hablando de
la importancia mundial del suicidio (que representa el 1,5%
del conjunto de la mortalidad mundial).
Cifras
que son solo la punta de un iceberg, la morbilidad y la mortalidad
detectada. La enfermedad mental no se reduce a los grandes trastornos,
a las grandes crisis, la mayoría de las veces son pequeñas molestias,
ansiedad, insomnio, tristeza, miedo -a veces con sufrimiento
físico-; dificultades emocionales que limitan la capacidad de
vivir y que pueden prolongarse en el tiempo, más aún sino hay
una respuesta técnica adecuada.
En
cualquier caso, los trastornos mentales representan una carga
de enfermedad -medida de años de vida perdidos por discapacidad-
superior al cáncer y a las enfermedades cardiovasculares. Y
son cifras en aumento.
Como
en aumento están los factores adversos, que permiten y desarrollan
las enfermedades mentales, las circunstancias que hacen vulnerables
a grandes sectores de la población mundial tanto en los países
ricos como en los pobres.(Que conspiran contra la humanidad
de decenas de millones de personas, dice un informe de Naciones
Unidas).
Sabemos
que los trastornos mentales no son la simple consecuencia de
las condiciones sociales adversas, pero también que la pobreza,
la falta de seguridad, la violencia y la ausencia de relaciones
familiares saludables en la niñez y el trauma psicológico o
la experiencia de pérdidas significativas son factores que influyen
en la vulnerabilidad de la persona a las enfermedades mentales
y en el curso que siguen.
Pues
por mucho que las investigaciones actuales se centren en los
indicadores biológicos específicos, factores como el grupo étnico,
el sexo, la clase social, el medio y el abuso concurrente de
alcohol y drogas tienen un gran efecto sobre el desarrollo de
buena parte de los enfermedades mentales. Una revista de la
Asociación Psiquiátrica Americana, el American Journal of Psychiatry
(1996; 153 (3): 392-396) ,señala, en un estudio sobre 2200 ingresos
hospitalarios involuntarios de 1755 pacientes psiquiátricos,
que el perfil del paciente con más elevado riesgo de ingreso
se trataría de un varón joven, soltero, afroamericano con esquizofrenia.
En
otro estudio reciente realizado en Holanda con individuos nacidos
en el oeste de este país durante el período 1944-1946, se observo
un mayor riesgo significativo de padecer esquizofrenia (riesgo
relativo del 2,0) entre los nacidos en el llamado "invierno
de hambre holandés" de 1944-45 (Archives of Psychiatry
1996; 53 (1): 25-31).
Y
en este sentido, el informe Salud Mental en el Mundo
(Washington, OPS/OMS, 1997), realizado para Naciones Unidas
por un equipo de profesionales de la Universidad de Harvard,
considera que las trastornos mentales aumentaran debido al desmedido
incremento de las circunstancias adversas. Entre estas cita
la existencia entre un 20 y un 75 por ciento de mujeres víctimas
de la violencia familiar, el aumento del maltrato y el abuso
a los niños, mediante la explotación sexual, la esclavitud laboral
y el abandono, tan frecuente en muchas partes del mundo; la
existencia de millones de refugiados, de gentes desplazadas
por conflictos bélicos o persecuciones políticas; limpieza étnica
y violaciones masivas de los derechos humanos que se producen
en todo el mundo. Poblaciones frágiles, en alto riesgo de padecer
trastornos depresivos, de ansiedad, estrés postraumático u otros
tipos de enfermedad mental. Poblaciones cuya salud ha podido
quedar comprometida por varias generaciones.
El
informe de NU identifica diferentes enfoques que en la ausencia
de una teoría o modelo que explique de manera integral la totalidad
de los problemas sociales, del comportamiento y de la salud
mental, pueden servir para elaborar estrategias de intervención.
1º
La calidad del medio social en que se desenvuelve la persona
está íntimamente ligada al riesgo de que ésta llegue a padecer
una enfermedad mental y a la probabilidad de que la enfermedad
se vuelva crónica. La esquizofrenia no es una "enfermedad
social" y, sin embargo, los factores sociales y culturales
influyen poderosamente en su evolución y en las probabilidades
de recuperación. Las pérdidas significativas, los traumas sufridos
en la niñez y aquéllos vividos por personas relativamente indefensas,
juegan un papel predominante en el desencadenamiento de episodios
de depresión, con pocos recursos personales y sociales.
2º
La violencia en la comunidad está relacionada con la aparición
de trastornos de estrés postraumático, desarraigo y depresión.
La elaboración de estrategias eficaces de prevención y tratamiento
requiere un estudio de todas estas situaciones.
3º
Hay que tener en cuanta que muchos de estos problemas forman
una "espiral viciosa". Los niños que han sido victimas
de abuso tienen más probabilidades de convertirse con el tiempo
en abusadores.
4º
Las condiciones de desigualdad económica y ausencia de prestaciones
sociales, generan círculos de pobreza y desesperación relacionados
con la enfermedad que hipoteca el futuro de las poblaciones
afectadas.
En
Europa, por poner un ejemplo cercano, el vertiginoso desmoronamiento
de los regímenes políticos del Este (y las dificultades en el
proceso de transición a una economía de mercado de estos países)
ha empujado, está empujando en estos momentos, he ahí las matanzas
servias y los bombardeos de la OTAN en la antigua Yugoslavia,
a situaciones extremas a amplios grupos de población, con violaciones
masivas de los derechos humanos de incalculables consecuencias
para la salud mental de las personas afectadas (en salud general,
han supuesto un descenso de la media europea de la esperanza
de vida. Hacía 1970, la diferencia entre la esperanza vida en
la Unión Europea y en los países del Este era de 2,5 años, en
1995 se sitúa en 11 años).
Agencias
internacionales informan que, aún en los países de baja ingresos
que se han "modernizado" recientemente, y hasta incrementado
su esperanza de vida, ésta se ha deteriorado gracias a cambios
masivos en la sociedad y a un marcado descenso en el crecimiento
económico.
De
todas formas, a pesar de que las alteraciones de la salud mental
están vinculadas a la pobreza, la prosperidad no se traduce
necesariamente en bienestar individual o social. Al igual que
más años a la vida significan poco sin salud. Los estudios epidemiológicos
de los últimos cincuenta años en Europa Occidental y en Estados
Unidos indican la alta prevalencia de algunos problemas de salud
mental (depresión, suicidio, abuso de alcohol y drogas, trastornos
de la alimentación). Problemas que nos remiten a un estilo de
vida poco saludable, cuando no claramente patógeno.
Decía
Bertolt Brech no digáis es normal, ante determinadas hechos
frecuente, para que lo habitual no se convierta en natural.
La brecha entre la riqueza y la pobreza y el incremento de los
inútiles sociales, del sobrante social excluido en uno y otro
mundo, está creando dos referentes éticos en el mundo, que implican
dos formas de ver, de entender y de actuar sobre la realidad.
De una parte, hay ética una para buena parte de los habitantes
de los países ricos; por otra parte, hay una ética para los
excluidos, para la bolsas de miseria del primer mundo y para
la inmensa mayoría de la población de los países pobres o en
vías de desarrollo. Para los primeros, se trata de una ética
producto de una política defensiva, que, por ejemplo en nuestros
oficios, en el mundo de la sanidad, de los profesionales sanitarios,
viene a representarse en el consentimiento informado, exigencia
de libertad, de autonomía, de compartir información y riesgos,
ante las mayores exigencias de una sociedad más horizontal,
más culta y democrática. Para los otros, para las poblaciones
excluidas de uno y otro mundo se trata de una ética de la supervivencia,
la defensa de los derechos fundamentales de la persona, de los
derechos humanos.
En
la sociedad del primer mundo, la patología -cada sociedad tiene
sus preferencias- se expresa por la anorexia y la bulimia (por
los trastornos de alimentación) y por la idiocia moral de la
que habla Bilbeny (los trastornos psicopáticos).En los países
pobres las patologías son carenciales e infecciosas, productos
de la miserabilización de la vida: retraso mental, alcoholismo,
SIDA, violencia. La pobreza se traduce en hambre y desnutrición,
condiciones de vida inadecuadas, mayores riesgos para la salud
y ausencia de servicios de atención.
Esbozado
el problema epidemiológico, pasemos ahora a preguntarnos por
las formas de atención, por la manera como afrontamos los problemas
de la salud mental hoy. Unas formas de atención que están condicionada
en cada país por su sistema sanitario.
Recordemos
que la idea de higiene mental, de salud mental, surge con el
siglo, de una modernidad ilustrada que cree en el progreso,
en sociedades más igualitarias y más justas. Entronca con el
poderoso movimiento de salud pública del primer tercio del siglo,
que en psiquiatría va a reflejarse en la creación de dispensarios
de higiene mental y en la política de puertas abiertas de asilos
y manicomios, en Francia y Reino Unido, y sobre todo, en la
fuerza del movimiento ciudadano y profesional que reúne 4.500
delegados de 53 países en el 1er Congreso de Higiene Mental
celebrado en 1929 en Washington.
Congreso
organizado por Cliffor Beers, un ex paciente, varias veces hospitalizado
y autor de un libro, La mente que se encontró a sí misma,
que conmovió a la opinión pública norteamericana. Dos de nuestros
compatriotas, propulsores, por cierto, de la la psicología en
España y en el mundo, Mira López y José Germain, estaban entre
los Congresistas, representando a la recién creada Liga de Higiene
Mental española.
Pero
fue años después, cuando se consolida la idea de transformar
las formas de atender los problemas mentales. La idea de reforma
psiquiátrica, de la salud mental comunitaria, la preocupación
por la situación de los enfermos mentales, por la vulneración
de sus derechos básicos en las grandes instituciones manicomiales,
se inicia tras la II Guerra Mundial, en momentos de reconstrucción
del lazo social tras la brutalidad de la guerra.
Es
un compromiso ético de las fuerzas políticas vencedoras: también
un imperativo social. Tras el horror bélico se crea la esperanza
en las poblaciones de un mañana mejor, de una sociedad más solidaria
y más justa. El Servicio Nacional de Salud y la desinstitucionalización
en el Reino Unido, la política de sector y la psicoterapia institucional
en Francia.
Después
surgirá en EEUU con la nueva política social, la nueva frontera
del presidente Kennedy, o en la Italia de los años sesenta;
y en España con la transición democrática; o por poner el último
ejemplo, en Brasil, a la salida de la dictadura militar, a principios
de los años 90.
Son
situaciones en las que los poderes públicos asumen políticamente
la salud mental, momentos históricos cuyo horizonte es el Estado
del bienestar, la universalización de las prestaciones sanitarias
y sociales, su equidad: reforzar el lazo social por medio de
la redistribución social de la renta.
A
partir de aquí se va a desarrollar un amplio proceso que va
a modificar sustancialmente la atención a los problemas de salud
mental, acercando la psiquiatría a la asistencia sanitaria general
y modificando la idea que de la enfermedad y de las especialidades
de la salud mental tenía tanto la población y sus representantes
como los propios profesionales. Cambia la asistencia a la población
y cambia positivamente el imaginario social sobre la locura
y sus instituciones.
Un
cambio de cuya profundidad va a responder el grado de desarrollo
sanitario de los países, la universalidad de su cobertura sociosanitaria.
El desarrollo de la salud mental no puede pasar de tentativas
pilotos, aisladas, en países donde no hay sistemas de salud
públicos, o sus programas son escasos. No es de extrañar que
la desinstitucionalización adquiriera en EEUU, salvo en unos
pocos Estados, características "salvajes, y que el gran
número de externados de los hospitales psiquiátricos incrementaran
el ya alto número de pobres abandonados a su suerte.
No
me cansaré de repetir que no hay atención comunitaria sin un
Estado social, como no hay cuidado ético sin dignidad ni humanidad.
Una
atención comunitaria exige un sistema de salud universal y equitativo,
descentralizado y participativo, lo que ha venido denominándose
Sistema Nacional de Salud, como el que contempla la Ley General
de Sanidad española de 1986. La organización unitaria de los
servicios y la integración de los tres niveles clásicos de atención,
de la educación para la salud a la rehabilitación, con una financiación
fundamentalmente pública, que permita la toma a cargo de las
poblaciones y no sólo del sujeto enfermo, es condición de posibilidad
para una salud comunitaria.
Con
todo, la atención a la salud mental ha cambiado en prácticamente
todo el mundo, al menos en el llamado primer mundo y en los
países en vías de desarrollo. Y ha cambiado por la fuerza de
los hechos. Muchos hospitales psiquiátricos han cerrado sus
puertas, se han creado estructuras alternativas que atienden
los problemas de salud mental en la comunidad, los programas
de rehabilitación y soporte social han hecho posible hacer frente
a la vieja y nueva cronicidad. Las autoridades, tantas veces
ambiguas, tan preocupadas por ancestrales fantasmas o simplemente
por el miedo a encarecer los costos de la atención a la salud
mental, han terminado, en buena parte de los países por aceptar
la necesidad social del cambio y generalmente han sacado beneficios
políticos por ello.
Psiquiatría versus salud mental
Hoy,
en este final de siglo, agotado el eslogan de la OMS, salud
para todos en el año 2000, o desplazado el objetivo al Siglo
XXI, las preguntas ya no están tanto en las carencias, que son
importantísimas, y en todo el mundo, sobre todo en recursos
de atención a la cronicidad, y en la escasez de los programas
comunitarios, de prevención, de grupos en riesgo; las preguntas
están en cual será el escenario, cuál será la respuesta social
a las demandas sanitarias y sociales. ¿Hasta dónde la solidaridad
en este mundo de valores inciertos? ¿Cómo será el nuevo sistema?
Las viejas estructuras y principios ya no sirven, pero aún no
se conocen otros que los sustituyan.
Y
las preguntas están, y esto nos importa especialmente a los
profesionales de las distintas disciplinas de la salud mental,
en el emerger de una nueva mentalidad profesional, en la amenaza
para los servicios de salud mental de una vuelta a la neuropsiquiatría,
a un psiquiatría burdamente biológica, acorde con una cultura
instrumental, del manejo: una propedéutica única, un
vademecum único y certero para todos los trastornos.
Todo es química: desde el sentimiento al juego y todo tiene
su píldora eficaz. Versión psi del pensamiento único.
Tras
este fervor biológico, neuropsiquiátrico, está el desembarco
de la empresa farmacéutica que a través de las drogas atípicas,
con sus elevados costes y su elevado poder de compra -de asociaciones
de familiares, de usuarios, de profesionales-, invade todos
los espacios, está robando el discurso de la psiquiatría social.
De pronto ha descubierto la rentabilidad de combatir el estigma
de la esquizofrenia, la rehabilitación, el apoyo comunitario
(eso sí situándolo a otro nivel, con lo sociosanitario). De
la depresión, aupada ayer por los nuevos antidepresivos, se
pasa hoy a la esquizofrenia, a través de los nuevos neurolépticos.
Al
tiempo, surge un debate sobre la eficiencia del modelo de atención
construido en las últimas décadas, provocado por estudios que
sostienen que no se ha conseguido mejorar las patologías más
graves y, sin embargo, se han distraído recursos hacia patologías
menores o simples "problemas de la existencia".
Se
alzan voces airadas solicitando el divorcio entre la salud mental
-concepto ambiguo que exige continuas matizaciones- y la psiquiatría.
Autoridades y líderes de opinión defienden una vuelta a la psiquiatría
neuropsiquiátrica, con una práctica claramente diferenciada
de las acciones de salud mental, relegadas para psicólogos,
trabajadores sociales y enfermeros.
Se
pone en entredicho el modelo de reforma y la propia definición
de la práctica psiquiátrica, de la propia psiquiatría y de las
otras disciplinas de la salud mental. Se cuestiona la dimensión
antropológica del quehacer psíquico, su función social. Se confunde
lo sociosanitario, que es complementaridad, acción conjunta
de los servicios sanitarios y sociales con la creación de una
red paralela y de segundo orden, en mor de una vuelta al elitismo
médico.
No
son gestos aislados. En una reunión del Consejo Regional Europeo
de la Federación Mundial de la Salud Mental en 1996, se planteó
el debate sobre si habría o no que escindir la salud mental
de la psiquiatría. Debate que ya había introducido el presidente
del Consejo, John Henderson, en el editorial del último número
de Boletín de este organismo (The Mental Health Observer), recogiendo
las declaraciones de varios psiquiatras de reconocido prestigio,
sobre la necesidad de cambiar de estrategia, apoyadas entre
otras cosas en "la evidencia clara en este fin de siglo
-cito textualmente- que la mayoría de las enfermedades mentales
tienen una base biológica y una parte de ellas son transmisibles,
al menos para una parte, por los factores genéticos". Termina
el presidente europeo de la Federación Mundial de Psiquiatría,
antiguo responsable regional de la OMS, apuntando algunas consecuencias:
"En una perspectiva práctica, el divorcio conducirá a la
eliminación de los departamentos de salud mental en el seno
de las universidades, de los departamentos gubernamentales a
nivel local, regional y nacional. Por otra parte, será necesario
suprimir la División de Salud Mental de la OMS. Los departamentos
de psiquiatría desaparecerán y serán reemplazados por la neuropsiquiatría.
La salud mental será arrinconada en los dominios de la ciencias
sociales, departamentos de servicios sociales, bienestar y medio
ambiente".
Más
allá de cuestiones terminológicas, o de conceptos sobre los
que hay que pensar -señalando sus limites, sus competencias-,
el tema adquiere su verdadera relevancia en la organización
de la asistencia sanitaria, hoy en redefinición en casi todo
el mundo por cuestiones de eficiencia. No es tanto la desviación
de recursos a patologías menores, problemas de la existencia
o del vivir, en detrimento de patologías más graves, como por
el abandono de buena parte de los trastornos mentales severos,
de los crónicos, en el "campo de la salud mental comunitaria",
formado ahora por un conjunto de psicólogos, asistentes sociales,
terapeutas ocupacionales y enfermeros . Quedaría una psiquiatría,
de nuevo amurallada en el hospital y en una supuesta cientificidad
biológica, ocupándose del "caso agudo".
Respecto
al argumento principal de los políticos: el incremento del presupuesto
en la atención comunitaria, hay que insistir en su falacia.
Hay suficientes estudios realizados (algunos de reciente publicación)
que demuestran que los programas asertivos en la Comunidad o
los programas de seguimiento en la comunidad, con cerca de tres
décadas de funcionamiento, no resultan más caros que el internamiento
en los hospitales psiquiátricos y son mucho mejor aceptados
por los pacientes ( y esto en un país como EEUU caracterizado
por su ausencia de cobertura pública social y sanitaria).
El
ensayo de nuevos modelos de gestión), la necesidad de flexibilizar
y optimizar el sector sanitario, la autonomía de gestión, los
consorcios, entidades públicas sanitarias, fundaciones, que
ahora se están introducción en España; no significan necesariamente
el abandono de lo público, no deben significar la pérdida de
la equidad y la universalidad, ni una fragmentación de las prestaciones
con abandono de la cronicidad y las patologías llamadas leves.
Tras
las nuevas formas de gestión hay un espejismo, una trampa: en
algunas ocasiones ya descubierta en países cercanos , donde
la competencia, el mercado interno, está siendo sustituida por
la colaboración. Algo semejante pasó con los gerentes en los
años ochenta: se creyó que había que "desanitarizar"
las direcciones , que mejor valía cualquier técnico empresarial,
frente una casta médica poco responsable económicamente. Pero
se ha visto que los servicios sanitarios no son igual a fábricas
de conservas. .
Para
completar la situación de los servicios sanitarios, de las instituciones
de la salud mental, queda algo no menos importante. A toda esta
situación hay que añadir la desgana del personal sanitario.
En los medios profesionales del hipernutrido primer mundo, se
impone el síndrome del profesional quemado. Es un síndrome,
como la anorexia y la bulimia, propio de sociedades opulentas.
Que se introduce, en el mejor de los casos, ante las dificultades
de cambiar las cosas. Pero sobre todo, al comprobar la dureza
de la tarea psiquiátrica. Al comprobar que la actuación terapéutica
es, cuando menos, incierta. Que buena parte de nuestros pacientes
nos acompañan de por vida. Su cronicidad nos impregna. En muchos
de ellos nos reconocemos. Sus pequeñas miserias, fobias, miedos,
angustias, vicisitudes vitales son las nuestras: los que difícilmente
sobrellevamos (con o sin análisis personal). La sociedad nos
exige no solo controlar la locura, el acto psicótico imprevisible,
sino remedios eficaces para el malestar cotidiano. Nos exige,
una vez más, hacer frente a sus males: toxicomanía, delincuencia.
Psiquiatrizar el mal: violadores, torturadores, psicópatas.
Al
tiempo hay un retroceso en la opinión pública que se expresa
claramente en la prensa: vuelve el fantasma de la peligrosidad,
de la criminalización de la locura. El movimiento de reforma
psiquiátrica, desinstitucionalizador y comunitario, vuelve a
ser sospechoso en los forjadores de opinión: de nuevo la prensa
culpa a los románticos y utópicos reformadores, de la violencia
callejera, de las violaciones; los "sin techo" se
convierten otra vez en enfermos peligrosos. De nuevo se camufla
la marginación social, la existencia de un paro estructural,
los graves problemas del alcoholismo y del tráfico de drogas,
en la supuesta peligrosidad del enfermo mental, en la política
de puertas abiertas, en el cierre de los manicomios.
Una
noticia aparecida hace un mes en El País informando de la propuesta
del ministerio británico del Interior de internar a los perturbados
mentales socialmente peligrosos, aunque no haya mediado delito
alguno, significaría, de prosperar, una vuelta a leyes de Peligrosidad
Social, de tan probada arbitrariedad e inseguridad jurídica
para el conjunto de los ciudadanos.
Pudiera
parecer que no estemos en los mejores tiempos para el desarrollo
de la salud mental. Los principios de la salud mental comunitaria,
de la reforma psiquiátrica, o dicho de otra forma, el modelo
de una salud mental pública, comunitaria, social, alternativa
son hoy minoritarios. No cuentan con el consenso social ni con
el apoyo político, más allá de las palabras.
Y
sin embargo, han alcanzado posiciones importantes y difícilmente
reversibles. Son un elemento esencial en la legitimación social
de los gobiernos. Más aún no han sido remplazados todavía por
un nuevo modelo, por un nuevo paradigma..
Ni
la farmacopsiquiatría ni el mercado como política de gobierno
son una respuesta para el desarrollo de la salud mental. Hoy,
cuando acabamos de celebrar el 50 aniversario de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, la salud se impone, como
un derecho inexcusable para los gobiernos. Y la sociedad de
mercado funciona sin referencias éticas: no le cabe el individuo
en tanto sujeto moral. Hay que separar el beneficio empresarial
y hasta individual de la excelencia sanitaria, pues como plantea
Platón en la República: "Cada arte aporta un beneficio
particular: el del médico, la salud, el del mercenario, el salario.
Si el médico gana dinero al curar, no se beneficia con el arte
médico sino con el arte del mercenario que añade al suyo"(Platón.
Diálogos IV. La República. Gredos, 338c, p21).
El
poder político, los poderes públicos han actuado siempre en
esto del enfermar psíquico, de la atención a la salud mental,
oscilando entre el cuidado como forma de legitimación social
y el miedo (electoral, en las democracias) a la supuesta alarma
social (internamientos, hospitalismo) o con la simple racanería
presupuestaria ante la atención a la cronicidad, sea la cronicidad
psicótica sean esos mínimos síntomas persistentes, patologías
de la existencia, que abarrotan las consultas ambulatorias,
o los programas de prevención o de atención de las poblaciones
más frágiles.
Y
sin embargo, la manera de afrontar la enfermedad, la invalidez
y el cuidado definen a las sociedades y a sus representantes
políticos, diferencia tendencias y partidos. La dignidad y el
coraje de una sociedad se mide por el modo como acoge la marginación
y la locura. En este presente huero y desmemoriado que predica
el fin de las grandes ideas de la modernidad: justicia, igualdad,
proceso, hay que reivindicar la ética. El cuidado ético del
mundo, como señala, Savater, consiste en asumir la esencial
igualdad de los hombres. El cuidado, la defensa de los derechos
humanos, la protección de los sujetos más frágiles, el respeto
por las diferencias, al otro, la salud mental de las poblaciones,
en suma, no es un privilegio del poder del dinero o de la política.
Como
profesionales, como técnicos, tenemos la obligación moral de
sensibilizar, de enseñar a mirar y a entender a nuestros políticos.
Tomando una idea de Thomas Szazs pienso que la principal decisión
ética para el médico -y para todos los profesionales de la sanidad-
es elegir el tipo de sanidad en que prefiere trabajar. La opción
pública o privada, la defensa de un tipo de modelo (más medicalizado)
u otro (más abierto y comunitario), condiciona la ética del
oficiante sanitario más que ninguna otra cosa. "Dime ahora
-dice Sócrates a Trasímaco en la República-: el médico,
en el sentido estricto del término, ¿es un mercader o
el que cura a los enfermos?"
"Me
gustaría ver a la profesión médica -escribe el director de la
OPS, Sir George Alleyne- a la cabeza de un movimiento que proyecte
una nueva visión de la salud, como recurso positivo centrado
en el propio corazón del bienestar. Me gustaría que mis colegas
promovieran valerosamente la clase política sobre asuntos públicos
y la acción personal que lleven a canalizar los recursos nacionales
para promover y mantener la salud pública"(La salud y la
seguridad nacional, Bol Oficina Sanit Panam 120 (5), 1996).
Para
ir terminando: en el próximo milenio, la Organización Mundial
de la Salud estima un aumento considerable de las enfermedades,
tanto en los países de bajos ingresos como en el llamado primer
mundo. No es de extrañar ante el incremento de las condiciones
sociales adversas: que reiteradamente he expuesto; incremento
tanto en las bolsas de miseria del llamado primer mundo como
en los países pobres. La globalización económica marca las fronteras.
Delimita los territorios más que nunca. Se dice que algunos
países ya no podrán alcanzar nunca la infraestructura necesaria
para su desarrollo.
En
el editorial del último número de la Revista Española de Salud
Pública, editada por el Ministerio de Sanidad y Consumo, titulado
"El cumplimiento de los derechos humanos: primera medida
de salud pública", se recuerda que los modelos de mercado
están fracturando los sistemas nacionales de salud y que la
solución se encontraría en ligar el crecimiento económico al
cumplimiento de los derechos humanos.
Decía
Alain Touraine en una Tribuna de EL País que está llegando el
momento en el que los gobiernos y la opinión pública se cuestionen
de forma prioritaria las condiciones para un cambio de modelo
económico que permita combinar el dinamismo a la americana con
la política social que los europeos, con razón, quieren conservar..La
cuestión es, como escriben André Gorz y Jacques Robin, que "la
radicalidad de los cambios que se prevén debe conjugarse con
la modesta voluntad de evitar que un mundo se vea sumergido
en la barbarie antes de que otro tenga tiempo de nacer. Hay
que imponer reglas y límites a la competitividad, haciendo que
los intercambios sirvan al desarrollo social y ecológico de
un planeta solidario.
La
sociedad del mañana va a estar condicionada por la propuesta
de protección de la salud y de cuidado ético que hoy estemos
elaborando. En verdad, el problema no es descifrar los patrones
de las enfermedades mentales del próximo futuro, la cuestión
es adelantar qué lazos sociales, qué valores, qué cultura, qué
tipo de hombre se está, estamos hoy proyectando. Vivimos en
los límites de una época. Abocados precipitadamente al cambio:
la cuestión es imponer límites al mercado, salvaguardar el respeto
a los derechos fundamentales de todo ser humano: a su cuota
de bienestar, al menos a su salud.
O
con palabras de la directora General de la OMS, Gro Harlem Brundtland,
médica natural de Noruega y ex primera ministra de ese país:
"Todos los pueblos y todas las generaciones aspiran a vivir
y a educar a sus hijos en un mundo mejor...Ha llegado el momento
de dedicarse a esta tarea. La vida en el siglo XXI puede y debe
ser mejor para todos. Ningún don más preciado que un porvenir
sano puede trasmitirse a las próximas generaciones. Es nuestra
visión de futuro. Y uniendose, los pueblos del mundo pueden
hacerla realidad".
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